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Sábados de Zen Cotidiano – Una Vida con Sentido: Sentido de Identidad – 26/08/23

por Sozan
Sábados de Zen Cotidiano

Una Vida con Sentido: Sentido de Identidad

26 de agosto, 2023

TRANSCRIPCION:

Vimos una importante enseñanza del maestro Dogen, una enseñanza que creo sintetiza de una manera muy poderosa nuestra práctica del Zen. Y esta enseñanza viene de un texto que escribió Dogen en el siglo XIII que se llama Genjokoan. Y en el Genjokoan Dogen escribe: “Estudiar la vía del Buda es estudiar el yo. Estudiar el yo es olvidar el yo, y olvidar el yo es ser iluminado por todas las cosas”.

Y la pregunta es ¿qué o quién es este “yo” que estamos olvidando cuando lo estudiamos, al estudiar la vía del Buda? Y es muy importante comprender la diferencia entre el “yo” del que habla Dogen, que estamos estudiando, y el “yo” que estamos olvidando. Ese yo que estamos olvidando es el yo con minúscula, es el yo del mundo relativo, es el mundo donde operamos todos los días y que tiene una identidad específica, tiene un una identidad que podemos reconocer.

Y luego está ese “Yo” con mayúscula. Ese “Yo” que no existe como una entidad separada del resto. Ese “Yo” con mayúscula es el “Yo Absoluto”. Cuando hablamos en el Budismo de que no existe el “yo”, lo que estamos diciendo es que no existe el “yo como una entidad separada de todo el resto”. No que no existe el yo relativo, Sozan, aquí estoy “yo”, sino ese yo que nuestro ego quiere identificar como separado de todo el resto, único, y que no es parte o no depende de nada más. Y en nuestra enseñanza vemos que esto no es así, que el yo Absoluto no existe, y no existe desde el punto de vista de que no existe como una entidad separada de todo lo que co-surge dependiente mente en el universo.

Y entender esta diferencia es muy importante. Porque a veces interpretamos las enseñanzas del Zen como “bueno, no existe el yo, entonces no importo, total no existo”. Y es una postura un poco nihilista, diría. Pero en realidad tenemos que poder ver esa profunda unión en la dualidad, vaya paradoja, esa unión en la dualidad, donde hay un yo absoluto que no existe y un yo relativo que opera en el día a día, en la vida, que sin lugar a dudas existente y que lo puedo ver, lo puedo tocar.

Y vivir una vida con sentido también tiene dentro de su concepción, dentro de su estructura, ese sentido de identidad, ese “yo” que podemos tocar, ese “yo relativo” que podemos ver. Es un “yo” que tiene forma y la manera en que le damos forma a ese “yo”, cual es la narrativa, cuál es la historia que tenemos sobre nosotros, hace profundamente a cómo nos vemos como individuos y a nuestro sentido en la vida.

Y usualmente creemos que sabemos quiénes somos. Y por supuesto hay un grado de verdad en eso, tenemos una idea de quiénes somos. Pero la realidad que, como con todas las cosas, esa idea de quiénes somos, esa narrativa de quiénes somos, la manera en que nos describimos a nosotros mismos está fuertemente condicionada por nuestra historia, nuestros mandatos, todas las causas y consecuencias de nuestra vida que nos trajeron hasta aquí, que incluyen cuestiones culturales, raciales, de la época en la que vivimos, tecnológicas… lo que quieran. Todo eso hace a la narrativa de ese “yo” que definimos, de esa identidad, de ese sentido de identidad. Y estudiar ese sentido de identidad es importante, y vamos a ver por qué.

Existe una frase que a mí me gusta mucho y es un poco un trabalenguas. Que dice que “No somos quienes creemos que somos y que no somos quienes los otros creen que somos. Usualmente somos lo que creemos que otros creen que somos”.

No somos quienes creemos que somos. No somos lo que otros creen que somos. Usualmente somos lo que creemos que otros creen que somos.

Menudo embrollo.

Entonces hay algo que aporta a esa narrativa de nuestra identidad que es muy importante, que es nuestra creencia de lo que creemos que la gente piensa de nosotros. Que ni siquiera es en general lo que la gente piensa de nosotros, es lo que creemos que la gente piensa de nosotros. Y no siempre es lo mismo.

Entonces todo esto hace a esta historia, esta narrativa que define nuestra identidad, nuestro sentido de la identidad. Y este sentido de la identidad que comienza en la infancia y se moldea en la adolescencia, se consolida lentamente en la adultez. Este sentido de la identidad es la base sobre la que definimos nuestra vida y la manera en que nos presentamos en el mundo. No es poca cosa. No es poca cosa. Entonces, examinar este sentido de identidad es muy importante. Y por otro lado, el sentido de identidad no es un sentido único necesariamente. Incluso hay quienes definen la identidad como dual, como una “identidad privada” y una “identidad pública”. Y yo creo que en general es mucho más que eso. Tenemos como una identidad base, pero presentamos esa identidad de diferentes maneras, en diferentes lugares. Y a veces nos vanagloriamos diciendo “yo soy siempre el mismo y en donde esté soy siempre el mismo”… y puede ser. Y seguramente sea así. Pero también puede ser que haya ciertas cosas que se modifican en nuestra identidad, dependiendo del contexto, dependiendo el tiempo en nuestras vidas.


Y esta dualidad de la identidad o cara pública e identidad o cara privada es, según entiendo, incluso una necesidad social y psicológica y que se desarrolla automáticamente. No solemos ser la misma persona -o no tenemos o no nos vemos de la misma manera- o no nos describimos de la misma manera, a veces en la privacidad de nuestra soledad, o a veces con gente con las cuales tenemos un grado de intimidad y nuestra identidad pública.

Y esto está bien, creo. Y tampoco quiero hoy hablar sobre cómo debería ser esa relación. Quiero simplemente presentar el hecho de que existe para que lo podamos reconocer, lo podamos observar. Porque observar esa dinámica es importante y hace a una vida con sentido. Porque también está la identidad pública, esta identidad privada en ocasiones cuando hay conflicto, cuando con esa entidad pública no es algo que surge naturalmente, sino que es algo impuesto, es algo forzado… puede generar mucho sufrimiento, pues genera mucho sufrimiento. Cuando la manera en que me defino de manera interna, esa es identidad privada, se ve enfrentada con lo que ocurre cuando tengo que actuar en sociedad, puede ser conducente a Dukkha. Y hay que observar esto. Pero a la vez es muy posible que esas identidades sigan existiendo.

Y a veces puedo identificarme con una persona introvertida, por ejemplo. Y bueno, yo me identifico como una persona introvertida y a la vez tengo este cargo en esta empresa donde estoy en el en un nivel de alto liderazgo, de mucha responsabilidad y tengo que hablar con mis equipos y tengo que dar conferencias y tengo que hacer todas estas cosas que no condicen del todo con esa identidad, con esa narrativa que tengo sobre mí, de ser una persona introvertida. Y eso también está bien. Lo que quiero aquí es llevarlos a la reflexión, llevarlos a poner un poco de luz sobre este tema.

Y este desarrollo de la identidad, ya sea pública o privada, como queramos verlo, no es una progresión lineal. No es algo que, aunque sí se va desarrollando desde pequeño, como dije, y consolidando en la adultez, no se va formando de manera perfecta y lineal, suele ir formándose de manera caótica. Nos van pasando cosas en nuestra vida y nos hacen pensar o nos hacen cambiar esa historia sobre nosotros y todo eso.

Es un concepto sumamente dinámico. Las circunstancias en la vida, el trabajo, los traumas, incluso abusos que podemos tener en nuestra vida, moldean esa identidad y moldean esa idea que tenemos sobre nosotros. A medida que vamos envejeciendo y el mundo cambia, cambia con nosotros y cambia alrededor nuestro. La tecnología, los esquemas sociales, todo eso moldea esa historia. Y nos adaptamos y lo superamos. Usualmente. Cambiamos con el cambio, fluimos con el cambio. Y ese cambio también cambia aspectos de nuestra identidad muchas veces.

Es importante hacer foco en este sentido. La identidad, este “yo” que, por más que comprendemos que no está separado de todo, el resto, opera en el mundo relativo como ser individual, porque como digo, determina en gran medida como actuamos en el mundo.

Y allí es donde también empieza en nuestra práctica a tomar relevancia a cómo moldea nuestra identidad la identidad del Bodhisatva. Cuando en nuestra historia, en nuestra narrativa ingresa esa posibilidad. Esa posibilidad en la que decimos “Quiero ser de cierta manera en el mundo, quiero actuar de cierta manera del mundo. Quiero salvar o liberar a todos los seres existentes, quiero dominar a toda la ignorancia, quiero trasvasar las puertas del Dharma, quiero transitar la vía del Buda, quiero no matar, pero preservar la vida”. Quiero esto, quiero lo otro… todo en relación a nuestra práctica. Empezamos a vivir una vida basada en los votos y no basada en el karma, y eso moldea nuestra identidad. Por supuesto, no es lo único, pero se convierte en parte de esa narrativa. Y eso es muy importante.

Entonces, fíjense cómo este sentido de identidad en gran medida no es algo que necesariamente esté librado al azar y nosotros no tengamos ninguna injerencia. Noten que dije “injerencia” y no dije “control”. No tenemos ninguna injerencia. Porque si tenemos injerencia en ese sentido, identidad. Cuando decidimos encarar la práctica, cuando decidimos encarar cualquier práctica -aquí estamos hablando de la práctica del Zen- algo se ve transformado. Pero también puedo decidir hacer deporte y nunca me vi yo como un deportista quizá, y empecé a jugar al tenis y me gustó y empecé a jugar más. Y ahora juego todos los fines de semana. Y de repente me veo como deportista. Algo en mi identidad cambió y tuve injerencia en eso. Tuve injerencia. Yo fui el que decidió empezar a hacer deporte. No era parte de mi identidad, pero resulta que quería, quizás, ser más sano. Empecé a jugar al tenis y ahora eso modificó mi identidad.

Lo mismo pasa con nuestra práctica. La identidad del Bodhisattva se da en parte por el simple hecho de estar presentes en una práctica, conectados con una práctica, pero se forja fuertemente en esa narrativa, en ese historial, a través de la práctica consciente, a través de el esfuerzo de nuestra práctica, la energía de nuestra práctica. A través de realmente intentar decir la verdad, no intoxicarse, tener contacto con una guía, un maestro, tener contacto con las enseñanzas y por sobre todo, por sobre todo, con el Zazen, con la meditación.

Eso forja una identidad de Bodhisattva. Ahora, ¿Qué es esa identidad del Bodhisattva? Es lo mismo que cuando decimos ¿Qué es esa identidad, el deportista? Bueno, no lo sé, no lo sé. Me veo de esta manera, y a veces me ven de esta manera. Hay una cuestión de la identidad privada y la entidad pública que tiene cierta conexión.

Imagino en ciertas épocas y por supuesto, ciertas épocas incluye “ahora” porque sigue ocurriendo en muchas partes del mundo. Existen personas que no pueden expresar su fe o su práctica. Y de hecho, en algunas ocasiones, en tiempos y lugares del mundo que van desde la historia hasta nuestros días, puede costarles la vida expresar la fe. E imagínense la situación, y cómo muchos grupos expresaban su fe de manera clandestina, la identidad que se forjaba allí., y luego era una identidad que si se hacía pública podía significar la vida. Entonces lo que estoy diciendo es muy, muy profundo, cala muy profundo en la humanidad ahora, muy, muy profundo en la humanidad.

Y el punto quizás más importante que quiero traer hoy con respecto al sentido de la identidad, este sentido de la identidad que es uno de los pilares de una vida con sentido y que realmente puede ser o puede convertirse en información muy útil de por qué mi vida es conducente al sufrimiento o no, y las maneras en las que me veo, cómo afectan esa condición de relación con el Dukkha, este pilar puede ser un punto de mucho sufrimiento, de mucha dificultad, cuando nos apegamos al sentido de la identidad.

Hablamos muchas veces de la importancia o de la relevancia, mejor dicho, que tiene el tema del apego en nuestra vida. Incluso dijimos que la enfermedad del Zen es el “apego al desapego”. Ni siquiera hay que apegarse al desapego, mucho menos a la identidad.

Cuando fijamos un “yo”, cuando fijamos una identidad, “yo soy así, punto”. Algo empieza a acercarse a Dukkha, a veces de manera bien acelerada. Tendemos a enamorarnos de nuestra historia. Tendemos a enamorarnos de nuestra narrativa una y otra vez, y no solamente con respecto a la identidad, pero especialmente con respecto a la identidad. Y cuando fijamos ese “yo”, cuando lo convertimos en algo sólido, perdemos la mente principiante. Perdemos la curiosidad. Nos alejamos del potencial de transformación que nos ofrece nuestra práctica y la vida.

Y a veces es muy difícil no estar apegado a esa narrativa de quienes creemos que somos. Podemos creernos exitosos y fijar esa identidad y no poder aprender de los pequeños o grandes fracasos en nuestra vida que son tan importantes. Podemos creernos fracasados y no poder ver esos pequeños o grandes éxitos en nuestra vida que son tan importantes. Porque estamos apegados a la historia de quienes creemos que somos. Estamos apegados a una historia de identidad.

Entonces ¿Qué significa a través de nuestra práctica, poder soltar esa historia? Y como dijimos muchas veces, el soltar no significa descartar. El soltar no significa negar. Estamos hablando de abrir la mano ¿Verdad? Abrir la mano y que esa narrativa, esa historia y su identidad sigan en profundo contacto con nosotros, pero con la libertad de expresarse y modificarse.

A veces digo “Deberíamos tomarnos menos en serio”. Deberíamos tomarnos menos en serio… A veces nos tomamos demasiado en serio. Y esto termina creando mucha complejidad para nosotros.

Cualquier apego, incluso al desapego, especialmente al sentido de identidad, es conducente a Dukkha, es conducente al sufrimiento. Este apego a la identidad es este apego a una idea fija de quién soy está determinado por esta narrativa y determina esta narrativa. Viene de la narrativa y también informa esta narrativa y quién creo que soy. Porque exacerba todo según el filtro o el color de la luz de esa identidad fija.

Si yo me creo introspectivo, entonces no me importa lo superficial. Yo soy sumamente introspectivo. Lo mío es hacia adentro. Y ¿Qué me pierdo con eso? ¿Qué está pasando alrededor mío y que no veo porque mi historia es “soy así”? Y qué pasa si cambio mi historia, y digo “En este momento es un momento introspección para mí”. Y la identidad pasa en lugar de ser un concepto fijo de quién soy a un concepto dinámico de cómo me presento al mundo en este momento.

Hay algo sumamente liberador, profundamente liberador en soltar el sentido de identidad. Cuando soltamos el sentido de identidad, nos quitamos un enorme peso de encima. Y no digo que no haya una narrativa. Esa narrativa es importante. Tener una idea de quiénes somos, quienes creemos que somos, quienes creemos que otros creen que somos. Es importante. Pero se vuelve sumamente pesado, pesado como un ancla, cuando “esto es así, y es así y punto”. Y nos fijamos.

Esa mente principiante de la que hablamos siempre, la manera en que aplica con esa historia, esa narrativa, ese sentido de identidad, es en mantenernos curiosos. Mantenernos curiosos con quiénes y cómo somos en diferentes momentos, en diferentes circunstancias en nuestra vida. Y permitirnos aprender de eso . Y permitirnos observar acción-consecuencia de esa identidad. Incluso como Bodhisattvas, incluso como Bodhisattvas. Fijar una idea de “Bodhisattvitud” como identidad, probablemente también sea otra enfermedad del Zen.

Ahora yo puedo decir “Sí, soy Bodhisattva” y lo sostengo con apertura, porque mi idea de qué significa eso hoy puede ser muy diferente de mi idea de qué significa ser un Bodhisattva dentro de diez años o cinco años, o un minuto, o después de esta charla.

Entonces, podemos ver la importancia que tiene en nuestra práctica, en nuestra vida, el sentido de identidad, podemos ver cómo ha sido formativo en nuestra vida crear esa historia, crear esa narrativa, y lo que el Zen nos propone es: Y déjenla ir, dejen ir esa narrativa, no se apeguen esa narrativa, sean curiosos con esa narrativa. Identifíquenla como una narrativa, como algo que creamos y que ha sido moldeado por todas las circunstancias de nuestra vida. Y que si las circunstancias, nuestra vidas, hubiesen sido diferentes, entonces quizás esa narrativa puede haber ser diferente también.

Y nos invita no solamente observarlo en nosotros, sino observadores en una narrativa con respecto a otros. En ese aspecto de la generosidad de los Paramitas, de las Sabidurías, de la Compasión. ¿Qué apego tengo a mi idea de identidad de la persona que tengo al lado de mi compañero de trabajo, de mi pareja, de mis hijos, de gobernantes?… Quien sea. Ese apego a nuestra propia narrativa sobre quiénes somos genera sufrimiento. Y ese apego a la narrativa que tenemos sobre quienes creemos que los otros son también genera sufrimiento. Entonces, ese “yo” que opera como entidad en el mundo, que necesita de una identidad para poder operar -no podríamos operar en el mundo sin una identidad- es más y más potente, más y más poderoso en transformación del mundo que lo rodea y de uno mismo cuanta más claridad tenemos sobre qué es esa identidad, qué son esas historias, por qué están allí, y las sostenemos con ligereza.

Una y otra vez nos vamos a ver envueltos en problemáticas de todo tipo debido a esa identidad, debido a lo que otros creen que somos, porque eso define cómo se van a comportar con nosotros. Sobre quiénes creemos que somos, porque eso define cómo nos vamos a ver nosotros y cómo vamos a actuar en sociedad y cómo vemos a los otros, porque lo que estamos viendo quizás es solamente -o probablemente sea solamente- una capa muy pequeña de lo que realmente está ocurriendo allí. Y cuando fijamos concepto allí todo se detiene. Entonces la invitación es a observar esa narrativa que tenemos sobre nosotros y observar esa narrativa que tenemos sobre todos los demás.

Una vida con sentido es una vida en la que podemos ser completamente libres. Absolutamente libres… incluso de nuestra idea de quiénes somos.

Libres, incluso de nuestra propia identidad.

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